26 de septiembre de 2010

LA VIDA PORNOGRÁFICA. UNA LECTURA DE 25 CENTÍMETROS, DE DAVID REFOYO (DVD EDICIONES)


Y como cada una de aquellas mujeres desnudas seguía siendo un misterio y, desde sus máscaras negras, unos ojos grandes lo miraban resplandecientes como el más insoluble de los enigmas, el placer inefable de mirar se transformó para él en el tormento casi insoportable del deseo.
Arthur Schnitzler (Relato soñado, 1926)

Mundos en sabrosos envoltorios de látex.
El sexo en el envoltorio. O el envoltorio de sexo. ¿Es 25 centímetros (DVD Ediciones) de David Refoyo una novela-patchwork sobre sexo y pornografía? En la reciente The Girlfriend Experience (2009), Steven Soderbergh radiografía la zozobra del Nueva York más aventajado y luminoso, el perteneciente al ciudadano depositario de un éxito individual que aparentemente no iba a cobrarse intereses. El hilo nuclear del film, por otro lado uno de los mejores retratos sobre la poética del lujo en la crisis financiera de principios de este siglo, es Chelsea, una prostituta o acompañante o mujer esplendorosa que tiene a las frías y aburridas fantasías del burgués americano como segmento de mercado de su negocio empresarial. Chelsea es Sasha Grey, la archiconocida actriz de cine porno. Mediante un habilidoso y sencillo juego morboso y mediático, Sasha/Chelsea atrae al público a su isla homérica, cual envoltorio de látex con sabor de fresa, para mediante el sexo, vehículo a modo de excusa, mostrar la historia de un submundo de ejecutivos, de pornonetworkers, de personas y de solitarios avatares, de política y de dinero, mucho dinero. El envoltorio en 25 centímetros (DVD Ediciones), de David Refoyo también es suculento, inmejorable, porque deja entrever posteriormente algo más grande: un buen postre antes de que llegue la langosta, el marisco excelente. El sexo en el envoltorio y dentro de él. El sexo es todo a la vez, excusa, protagonista y vehículo con el que Soderbergh y Refoyo no nos muestran distintos y contrapuestos submundos, sino el mismo mundo de chats, ciberporno, brokers arruinados, estudiantes sin un duro y Operaciones Triunfo en forma de orgías y castings para futuras estrellas de cine.

David Refoyo no esconde sus cartas, y bien pronto ataca. Reyes del pollo frito y SGAE son tan pornográficos como los actores porno, el sexo como negocio e industria, las páginas web de contactos o Internet, así, en genérico, porque algo que tiene claro el autor es que si Internet es todo, sobre todo es sexo. Todo es sexo y pornografía. Sólo hay que encender el televisor, y 25 centímetros es más Documentos TV y más veraz que 21 días en CUATRO. Y el marco histórico y continente elegido por el autor para situar algo tan global es cercano y de pandereta.

La Reserva Espiritual de Europa se venía abajo. Franco estaba en las últimas. El blanco y negro estaba a punto de ser coloreado por Dalí o cualquier otro. Los futbolistas con melena, huyendo de os tiempos del macho ibérico. Huelgas de hambre, encierros en la Universidad. Revueltas. Todo estaba cambiando deprisa. Todo había acabado de la peor forma posible: en pelotas y blasfemando” (p. 26).
"España se subía al carro de Occidente enseñando sus tetas al mundo y creando su propia industria. Más pequeña. Más limitada. Menos filosófica. Producto español para el hombre español" (p. 27; este fragmento debiera hacer las delicias del mostrenco Jordi Costa quien, en El sexo que habla (Aguilar, 2006) ya se adentró en la historia del porno patrio).

Un antecedente claro, el franquismo, que ha acabado siendo la antesala de un país de nuevos ricos, de apartamentos en Torrevieja, Alicante, regalados por el concurso televisivo Un, Dos, Tres. Una patria ochentera inventada a base de chistes de Fernando Esteso y Andrés Pajares, de espectáculos de varietés en El Paralelo de Barcelona, repleta de macrourbanizaciones de lujo en las que el ciudadano que estrena peinado pasea a la vez al perro y al Mercedes Benz. “La Deep Spain no es racista, es ordenada” (p. 123). Todo ello está en la novela, es la novela. España es un país en busca de dinero, y el sexo y el porno patrio también comieron del mismo plato. Refoyo, como Soderbergh, los utiliza como elemento vehicular y símbolo de la grotesca decadencia de un país, España, que quizás nunca ha llegado a despegar. Ficción, ensayo o periodismo, son preguntas a las que el lector tampoco habrá de enfrentarse. Es la vida entendida como la mejor de las pornografías: la terrorífica. Como dice Manuel Vilas en la contraportada “Se folla mucho en esta novela” pero “25 centímetros es una narración de terror”.

Poética: un país en busca de Dinero.

25 centímetros se sitúa a la cabeza de propuestas muy recientes, que también logran confundir con frialdad poética la basura del sistema y la duda del individuo. La experimental y fragmentaria Todo lleva carne (Caballo de Troya, 2008), de Peio H. Riaño (“Pues vete preparando que no eres nadie. Nadie es nada”, p. 134) o el poemario narrativo conceptual Dinero (DVD Ediciones, 2007), de Pablo García Casado (“Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá, y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien señora, pero ahora hablemos de dinero.” p. 34) han de situarse junto a 25 centímetros en un nuevo concepto de Literatura social, en el que la relación inmanente entre lo material y lo personal siempre aparece en permanente conflicto poético, en primero o segundo plano. La frialdad casi tecnológica y el minimalismo expresivo y elíptico son constantes en la narrativa de Refoyo, con la aparición de pequeños poemas en prosa incrustados en la narración, lo cual acrecenta poderosamente el desasosiego cotidiano de los protagonistas en una lírica por qué no, mutante, cercana también al Manuel Vilas de Resurrección (Visor, 2005):

“Subimos los primeros. Son sesenta euros por media hora. Cuanto antes acabe esto mejor. Es tarde y me apetece dormir. Llevo al cliente hasta la habitación del fondo. En el pasillo, colgados hay cuadros de Dalí derritiéndose sobre las paredes rosas. La pintura blanda cayendo por su propio peso me recuerda a mi trabajo. Saco una toalla y le digo: lávate ahí, anda, como si una fina capa de agua y jabón pudiera alejarnos de las enfermedades” (p. 35).

Un desasosiego actual pero que también sigue anclado en un pasado, a veces tan largo y presente, que puede parecer perenne. La soledad de los moteles con luces de neón on the road es análoga a la soledad en la red. Internet sólo cambia el decorado: “La transición no fue a la democracia, fue al capitalismo” (p. 11). La cárcel del sistema. La soledad de la inmigrante que llega engañada en busca de un sueño es la misma soledad en la mirada aburrida de Chelsea en la película de Soderberg, o la misma soledad de William Harford, personaje interpretado por Tom Cruise en Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) mientras busca en la noche un disfraz con el que saciar su deseo, o en la soledad del mero espectador de orgías grupales y anónimas en el paseo por las estancias de una lujuriosa e inquietante mansión. ¿Desubicados o no?

    

El anonimato universal: yo es todos.

25 centímetros es una novela de multitudes, una orgía de personajes sin nombre, pero no sin rostro, uno de los grandes aciertos de la novela. Sólo en los hilos protagonizados por la búlgara Tatiana, la historia de un regreso -huída- al hogar, o el genial romance protagonizado por la increíblemente atractiva Laura y su “acompañante”, es sencillo vincular al nombre propio una imagen. En el resto de cápsulas que conforman la obra, las diferentes voces utilizadas por el autor provocan que el anonimato aparente en el que se nos presentan los personajes no sea tal: no hay ninguna distancia respecto al lector, sino reflejo u observación cercana. El anonimato universal de los personajes de la novela consigue la democratización de la realidad, con lo que nadie ha de quedar excluído: yo es todos.

Nueva definición de pornografía

Refoyo utiliza el sexo despojándolo de su función protagonista, mediante un discurso frío, mínimo, para acabar convirtiéndolo en mero elemento, uno más, de otra narración: la pornografía es más, el sexo es otro. Y éste el objetivo primordial: limpiar de barreras el concepto de pornografía, democratizar su definición hasta la autocrítica, dinamitar los diccionarios horteras del conservadurismo, empeñados en la estratificación social, en una dicotomía inexistente a estas alturas entre alta y baja cultura: todo es sexo porque hoy todo es morbo, emoción, pobreza, risas y muerte. La vida pornográfica. No hay bromas fútiles en el uso desenfadado y atractivo del sexo, sino simbolismo y masturbaciones explosivas. 25 centímetros es un arquitectónico ejercicio narrativo sobre la verdadera metáfora sociológica del hoy, un mundo civilizado en crisis. Y David Refoyo pone toda la carne sobre la mesa, lo cual no deja de ser pura pornografía.

SERGI DE DIEGO MAS